Después de que todo ha pasado, y con la perspectiva que muy generosamente nos regala el tiempo, siento que más que el Dieciocho en sí mismo, lo que más miedo me inspira es el futuro. Entender, y re-entender, el futuro de nuestra sociedad a partir de la lectura histórica del momento mismo del Estallido a la fecha como un movimiento pendular y que nos guía hacia un clivaje extremista, me da pánico. Pánico porque la historia nos enseña lo que pasa con las sociedades cuando se radicalizan; pánico porque las disidencias somos de los primeros objetivos; pánico porque en Chile la ultraderecha ultraconservadora SIEMPRE ha estado mezclada con la milicia, y es piedra contra la bala, como cantara el Tata Barahona. Y no ha pasado tanto tiempo desde la última dictadura, ni desde la última vez (antes del Dieciocho) que a los poderosos les dió susto el populacho y lo mandaron a matar.
Diría, con algo de audacia de hombre blanco heterosexual, que sin el Estallido no habríamos tenido a Boric, y luego a Kast, como presidentes. Y que sin el Estallido, el regalo de mierda que fue la candidatura y luego legislatura de esperpentos como Javier Olivares o Vanessa Kaiser, no habrían sido posibles. El Estallido Delincuencial nos regaló imágenes bien espantosas de gentes destrozando la vía pública - que se sabe es más importante que la dignidad de los seres humanos - y despertó el monstruo facho que lleva la sociedad dentro. Porque estoy profundamente convencido de que nuestra hermosa y diversa sociedad chilena, tiene un patrón de fundo siempre mandándola, y se cree latifundista, socialité y GCU. Y ese monstruo facho, de seguro, en algún momento hubiera aparecido en la vida pública, y nos hubiera empujado el compás político más hacia la derecha. Pero también, de seguro, habrían pasado más años de los que efectivamente pasaron: entre el Estallido y Boric hay recién 2 años, y entre el penduleo de izquierda a la derecha hay 1 período presidencial (lo que sólo tiene el precedente del Ciclo de Caburga).
Quiero, a través de este acto y de forma pública, reconocer que este penduleo me da miedo. Me da miedo la facilidad con la que pasamos de celebrar el plebiscito a rechazar la Constitución de la Convención Constitucional a rechazar la propuesta del Consejo Constitucional a elegir un presidente frenteamplista a elegir a un presidente con vocación de tirano y respaldos corruptos de la ultraderecha internacional, como Orbán y Milei. Me da miedo por varias razones. Permítame usted, estimado y apreciado lector, plantearlas en formato listado, de manera de limitar el discurso abrasivo y poder plantear cuestiones de lógica (y no tanto) de la manera más efectiva posible:
- Cuando no existen proyectos de largo plazo, la serotonina inmediata de la victoria electoral permite que el debate público se vea reducido a un espectáculo inmediatista, donde la única expectativa es detentar el poder. Pero el poder sin objetivo puede degenerar el gobierno en un aparato quintaesencialmente onanista.
- Los momentos pivote entre la izquierda y la derecha, y la alternancia en el poder, permiten el desarrollo democrático, según algunos teóricos. Pero la alternancia sin un plan de largo plazo (o peor aún, sin una cosmovisión de país mínimamente compartida) no sólo restringe el desarrollo por la natural discordancia ideológica, sino que tranca efectivamente el progreso político - y por tanto económico y sociocultural - al estar constantemente tensionado en su ejercicio.
- La natural discrepancia entre libremercado neoliberal y estadismo, como se ve que son las posiciones actuales de la sociedad occidental, transforma el ejercicio gubernamental en un juego de suma cero: lo que hoy se elimina, mañana se repone, y luego se elimina, y después se repone, y él y ella y así. En la práctica, el debate político y el ejercico republicano se transforma en un juego de pillarse constante.
- Mientras los cuerpos gubernamentales (legislativos, ejecutivos, judiciales) están enfrascados en esta dinámica de dimes y diretes, el mundo avanza de forma inexorable, dejando (aún más) atrás a las sociedades, que inútilmente tratan de encontrar un punto medio entre posiciones que se consideran enemigas naturales.
A esto, le sumo el miedo natural que tengo, por mi crianza y mi historia, a los gobiernos tiránicos: mi abuelo desaparecido era bastante menos radical de lo que soy yo, y él estuvo FUCKING DESAPARECIDO.
Pero no es la alternancia lo que me atemoriza. Creo, de hecho, que es sano alternar el poder. Además, siendo muy sincero, con esta posición de oposición eterna, quien esté en el poder va a ser objetivo de mis críticas. No, no es eso. Es la facilidad con la que externalizamos nuestras opiniones, y dejamos que quienes tienen poder piensen por nosotros. Porque el miedo a vivir viene, muy claramente, de los noticiarios centrales, y los ejercicios críticos y que suponen el ejercico del Cuarto Poder son profundamente insuficientes e inefectivos a la hora de transmitir una neutralidad de pauta enmarcada en la libertad de prensa. Y, de nuevo, no tengo problemas con la posición política (creo que todo es político, y por tanto todos debieran/mos tener posiciones y ideas e incluso ideologías); la subordinación tecnocrática y plutocrática de la posición personal, y la sublimación de la opinión ante quienes ejercen su poder, me parecen no sólo nefastas, sino que derechamente peligrosas. Daniel Matamala es muy crítico en sus columnas dominicales, y ejerce CERO poder de crítica y contestación en sus entrevistas. De qué sirve, finalmente, tener tribuna, si la usas o usamos para amplificar destinos preconcebidos, en vez de intentar forjar el nuestro propio?