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Durante buena parte de dos décadas, desde que soy conciente de las protestas violentas y destrozonas en Santiago, es que me preguntaba por qué siempre se protestaba en el centro, y por qué, si vamos a destrozar, destrozamos siempre lo mismo. También véase: por qué no vamos a protestar a la casa de quienes tienen el poder de cambiar el país, y, por tanto, tienen el país como está. Y uno de los recuerdos más atemorizantes que tengo en mi vida fue el que respondió esta pregunta.

El 20 de octubre de 2019, un día después (en verdad, sólo unas horas) del reventón del Metro y, curiosamente, un sábado, hubo un despliegue profundamente terrorífico en la ciudad: las tanquetas militares, con la llegada del estado de excepción constitucional firmado por Piñera, comenzaron a circular como vehículos de dispersión de manifestantes. Milicos, asesinos entrenados, gentes con una historia institucional de poco, poquito respeto al orden democrático impuesto por la república, comenzaron a ser quienes asumían labores de control de masas, en favor de Carabineros de Fuerzas Especiales (los que grababan jalando mentolatum en el centro, los que disparaban perdigones a quemarropa, los que empujaban manifestantes hacia el río Mapocho). Bajo el cuidado de las fuerzas armadas de la nación, recuerdo 5 o 6 muertes. Unas más espectaculares y dramáticas que otras: en Concepción, unos marinos atropellaron y remataron a una persona; en Santiago, una fábrica a cuidado de milicos fue quemada y murieron 4 personas, incluyendo extranjeros; en el sur, desde regimientos salían disparos hacia las muchedumbres. Gatillos fáciles empezaron a cuidar las calles, con la preparación en derechos humanos que daban 2 dictaduras y 1 guerra civil en 150 años. Naturalmente, quienes estábamos del lado reclamante, estábamos nerviosos al menos.

Con el tiempo me he dado cuenta que una vida en el lado izquierdo del salón me llevó a esa conclusión natural: no me sentía seguro con milicos en la calle. Más aún, no me siento seguro cuando algún evento, alguna situación, algún algo, lo supervisan y vigilan los Carabineros de Chile. Desde artículos de prensa del 73 que leía en libros escondidos en la biblioteca del colegio; pasando por la experiencia de ver a quienes cuidan el orden ir en bloque, militarizados, tácticamente sólidos, a golpear a manifestantes por televisión nacional y abierta; hasta esta situación de mierda de tener que arrancar por estar en la proximidad de un piquete de fuerzas especiales; una gran parte de mi observación tuvo que ver con ver la brutalidad policial de segunda o primera mano. No sé si es un desafío justo, pero creo que una buena prueba de qué tanto fanatismo tienes, vives, por la institución policial es verlos pegarle a gente sin ton ni son. Porque en una protesta, en cualquier protesta, la brutalidad policial es eso: violencia sin ritmo ni percusión. Sólo violencia. Y sé que mis amigos más conservadores van a estar en desacuerdo conmigo. Lo justifico y lo entiendo, incluso: una vida de progresismo y terapia de autoconocimiento me ha llevado a desarrollar una empatía superior. Desearía todos tuvieran esa posibilidad, ese privilegio.

Si ver a personas con escudos y bastones me daba algo de miedo, ver hombres entrenados en el arte de la guerra con fusiles me daba pesadillas despierto. Y ese sábado era sólo el comienzo.

La semana después del viernes de fuego, el 22 de octubre para ser más precisos, hubo una marcha dizque pacífica convocada hacia la zona oriente de la ciudad. No sé cuál fue la lógica de quienes convocaron la marcha - de seguro como el carajo yo no tuve nada que ver. Pero lo creía entender: las casitas del barrio alto siempre se quedan tranquilas, en paz con el caos del resto de la ciudad, y de alguna forma era una forma de hacerles entender que esto nos afectaba a todos. Porque todos nos vemos afactados por el capitalismo de etapa tardía que nos oprime, y todos nos vemos envueltos en lógicas deshumanizantes, y todos tenemos que enfrentar los costos financieros y socioculturales de un país que no nos quiere bien, que nos quiere separados e infelices y miserablemente suplicantes. Pero se nos olvida que no todos quieren hacer frente a estas verdades, y que algunas personas sienten que tienen el poder de las armas de su lado. Particularmente, y con la historia del lado de los victoriosos, la Escuela Militar tuvo a su disposición activos militares para dispersar a la gente. Y fue particularmente impactante porque fue la primera vez que entendimos, que entendi, que la revolución sí va a ser televisada.

Este martes nada hacía presagiar que sería tan fuera de la norma. Que la vida de nuestra sociedad iba a cambiar para siempre, sin mucha prueba y con muchísima fuerza.