La primera votación después del Estallido (porque sí, para mí es una revolución pero lo conocemos como Estallido Social y, en la historia reciente, es un pequeño hipo en la escala y escalada ultraconservadora fascista de occidente) fue un hito y una fiesta. El plebiscito del 2021 nos iba a mostrar si Chile realmente había despertado o sólo fue un error estadístico. Si la Gran Marcha del Millón de Personas era una muestra de fuerza política o era una lectura groseramente errónea de la situación país. Y creo no hablar sólo por mi, muchos, MUCHOS fuimos a votar con miedo. Miedo de que fuera una ilusión. O miedo de que los milicos que cuidaban los locales de votación se volvieran locos porque queríamos quitarles el sistema de pensiones y se volvieran contra el pueblo que, se supone, juraron proteger. Aunque con juramentos como ellos con el historial dictatorial uniformado de nuestro país, no sé incluso hasta el día de hoy cuánto creo en un juramento así. Quizás teníamos miedo de que los poderes fácticos económicos nos hicieran mierda y cooptaran las elecciones, y arreglaran los resultados. Tanto nos asustó Piñera con la cantinela de Chilezuela, que a poco tomaban algunas malas prácticas desde allá. Aunque creo que el mayor y más terrible miedo que tenía - y que compartíamos con mucha gente de mi vida en esa época - es que perdiéramos. Porque perder la elección era lo mismo que perder la esperanza y perder la fe en un futuro mejor. Que fue lo que terminó pasando, pero de una forma distinta, y más compleja, y más parecida a la vida real.
Durante el período de campaña, y durante el período de protestas, y durante el período después del 18 de octubre, caminar por la calle después del horario de oficina era una acción algo temeraria, para quienes vivimos el Estallido desde el lado de las demandas. La cantidad de fuerzas armadas y de orden que cuidaban los accesos al Metro, que resguardaban puntos neurálgicos de tránsito, que caminaban en pares o tríos por las veredas infundiendo respeto (o me imagino que eso querían, que respetáramos la autoridad y el orden), era enorme. Fiel retrato posmoderno de la tradición conservadora y autoritaria de nuestra larga y flaca franja de tierra. Porque con todo lo que escuchábamos y consumíamos como noticias, o a veces "noticias", en esa época, era fácil imaginarse escenarios catastróficos. Y no les voy a dar la lata con mis aflicciones, que por supuesto jugaron una parte en toda esa trama, sino voy directo a los resultados: caminar por Irarrázaval y pasar por tres checkpoints militares me daba una ansiedad tremenda, porque podría haber llegado a jurar que un militar cualquiera me iba a gritar y, al yo no responder, me iba a detener y me iba a desaparecer. Como en los peores años de la dictadura, iba a terminar gritando mi RUT a quien lo pudiera escuchar para que mi mamá me intentara buscar por el resto de su vida. Y que iban a torturarme, a sacarme la chucha, a llegar al punto de casi matarme, buscando respuestas a preguntas que no la tenían, como "quién organizó este golpe" o "cuánto te pagan desde Venezuela y Cuba para publicar cosas en tu Twitter". Fue un poco por ese miedo que empecé a aprender de seguridad en redes, a publicar de forma anónima, a usar VPNs, a tener cuidado con qué respondía a quién. El internet ha sido una herramienta maravillosamente importante para nuestro desarrollo como cultura y sociedad, y también es una herramienta impresionante de control y monitoreo de individuos.
De hecho, en esa misma época fue que aprendimos, con el hackeo a Carabineros, que no sólo monitoreaban eventos de riesgo y a personas políticamente expuestas, sino también tenían listas de inteligencia de personas que había que vigilar. Personas muy normales, muy poco activistas, pero que los poderes fácticos anunakis temían que ayudaran a despertar al Monstruo de nuevo. Y también descubrimos que (evidente en retrospectiva, igual) los altos mandos de la policía mentían respecto de sus armamentos: había extensiva evidencia en los documentos internos filtrados de Carabineros que hablaba de pruebas con armamentos menos letales, como balines y tasers, de daños incluso irreparables a las víctimas. Documentos del 2017, vea pues, así que las entrevistas que daban en esa época el General Rozas y otros respecto de la seguridad y los daños provocados por los balines de goma que disparaban a destajo, en ese momento, en las protestas, eran mentiras. Mentiras corporativas, por supuesto. Mentiras que imagino creían piadosas, diseñadas para poder sostener la ilusión de cuidado de la gente que querían mostrar. Mentiras, al fin y al cabo, que tenían que decir, porque no me imagino el caos que hubiera generado escuchar a un oficial de los pacos decir, sin conmiseración, "sí sabíamos que podíamos reventar ojos, y no tuvimos cuidado. Upsi."
Porque la fiscal Chong y el juez Urrutia estaban en una cruzada que más de una vez pareció personal contra Carabineros de Chile. Yo sé que todos gritábamos ACAB (sobre todo después de que el Honorable Diego Schalper tratara de clasificar "ACAB" y "antifa" como organizaciones terroristas, porque parece que hay gente con menos calle que Alberto Mayol o que Joaquín Lavín, ambos juntos), pero ellos llevaron la idea de fuck the police a otro nivel nuevo, el nivel institucional. Y era y fue refrescante vernos y sentirnos protegidos por el sistema, que hubiera paladines de la justicia que se preocupaban no por el humano de a pie, sino por nosotros. (Oye, qué abundancia de palabras en cursiva en este fragmento. No creo que sea casualidad pero tampoco es que lo haya planificado...) Porque una de las cosas que más dolía, y me atrevo a decir que aún duele, de la experiencia ciudadana en Chile, es que pareciera haber al menos dos tipos de justicias: la que es para la gente pobre y corriente, y la que puede pagarse. Pagarse tanto en la defensa como en el resultado, porque la frase "clases de ética" se transformó en un meme tan doloroso como gracioso. Por qué chucha hay gente que puede zafar de recibir la justicia que se imparte? Por su destino de nacimiento? Por los recursos que tiene? Por su capital político? Puedo pasar todo el día dando razones, buscando explicaciones, y elaborando teorías conspiranoicas, pero lo cierto es que hay evidencia clara y patente de que hay, al menos, dos justicias civiles en Chile. Y eso hizo que los esfuerzos de algunas personas con poder por pedirle cuentas al poder, a la institucionalidad, al Estado, fueran más aplaudidos y más vitoreados.
Quizás un poco por eso, por esa experiencia de verse visto y sentirse vivo y que importas es que ese domingo era tan importante. Porque sentía miedo. Sentíamos miedo. Todo podía irse a la mierda muy rápido. Y a la mierda se fue, pero me adelanto.