Salir de mi casa en el centro, en un departamento demasiado grande para la cuadra en la que estaba, era salir a respirar lacrimógena y esquivar calles cortadas porque Fuerzas Especiales estaba haciendo redadas. Mi rutina diaria de bajar a comprar almuerzo a alguno de los muchos restoranes y carritos que había cerca de mi casa se vió súbitamente interrumpida por el ruido de las bombas lacrimógenas saliendo de los cañones que, rara vez, estuvieron a más de 45° del suelo, como lo establecía la norma que tanto fue discutida en esos días. Y, sorpresa sorpresa, nunca más nadie recordó.
Reconozco que salía no sólo porque tenía que hacerlo, sino muchas veces porque podía. Caminaba por Alameda hacia la Plaza, esa Plaza que todos sabemos cuál es pero pocos se atreven hoy a decirle "de la Dignidad", con lentes balísticos, un paño en la nariz para poder respirar algo más tranquilo, con el puño en alto y fantasías de heroísmo de cómic. Fantaseaba con ir corriendo y deflectar las lacrimógenas que salían detrás del parapeto del edificio central de Carabineros. Fantaseaba con proteger gente del embate de las Fuerzas Especiales. Fantaseaba con ser un salvador, como - imagino - muchos fantaseábamos en esos días de euforia y efervescencia. Porque era un poco eso, no? Una época de fantasear con que todos y cada uno salvábamos al país, nos investían como héroes perpetuos de la gente, y procedíamos a ser la historia encarnada. En una época de caudillos inexistentes, de líderes ausentes, nos inventamos héroes a destajo: PareMan, Tía Pikachu, la Primera Línea, y otros símbolos de un revoltijo revuelto de ideas, deseos, petitorios y formas. Mientras en la Primera Línea volaban las lacrimógenas y los peñascos, al medio de Plaza Ñuñoa había un DJ tocando tecno industrial y gente hippie bailando, mientras en el corazón de Plaza Dignidad la gente presente rompía cucharas de palo contra sus pailas más viejas (porque igual había que cocinar, no podías desastrar tus ollas buenas). Y al final del día, cuando la brigada médica ya no daba más, y el GOPE que después pasaría a ser el COP y seguirían siendo los mismos oficiales gatillo fácil, decidía que merecían un descanso, todos caminaban a sus casas - porque no había micros para salvar vidas en esa época, menos las que recorrían Santiago entero - y al día siguiente todo volvía a empezar. En una suerte de Día de la Marmota tortuoso y destructivo, Alameda con Vicuña Mackena día a día se iba llenando más de caos e iba perdiendo su tradicional atractivo, esa cosa como pegamentosa que unía (y separaba a la vez) el Barrio Alto con el Santiago Bajo. Y en ese proceso de degradación y evolución, por primera vez flameaban banderas de la U y de Colo Colo juntas, y ricos y pobres se congregaban a pedir lo que parecía justo.
Me acuerdo del movimiento cultural que las Barricadas significaron. Exposés completas en medios internacionales de la Primera Línea; perfiles psicológicos de los manifestantes en los matinales; nueva música (cómo podría olvidar ese maravilloso coro que cantaban haitianos en la calle, "Piñera culiao!", repetido ad nauseam y remixeado en varias versiones que dudo sigan en Spotify aún); paredes rayadas con toda la propiedad del rayado de una revolución; padres con sus hijos, policías con sus escoltas y camiones, gente de todas las edades y todos los lados reunidas y cantando, a veces solas a veces acompañadas a veces al unísino a veces desincronizadas, consignas que nos parecían justas, o divertidas, o urgentes.
He leído que la única manifestación que se parece a la Gran Manifestación de Octubre es el 8M de ese mismo año, 2019. Los números que daba la policía de asistentes igual se veían sospechosamente bajos: 45 mil personas en el 8M, que llenaban cuadras de cuadras por una de las calles más anchas de Santiago. Y eso es sólo Santiago: Concepción, Valparaíso, Antofagasta, todas llenaban sus centros cívicos de mujeres unidas por muchas cosas que no creo pueda hacerle justicia al listar acá. La conversación feminista es otro cuento, que no me corresponde a mí, persona con pene, contar.
Entre todas las nuevas manifestaciones culturales que aparecieron, recuerdo con cariño "Amor de barricada". Una cumbia bonita, ad hoc a la época, que hablaba de un romance nacido en la resistencia de las barricadas (lo que tiene todo el sentido del mundo, porque por qué se llamaría "amor de barricada" si el amor nacía en el estadio?). Una cumbia movida, una cumbia basada, una cumbia real. Porque muchos tuvimos amores de barricadas, y nos enamoramos de alguien al pasar por una marcha. Muchos vivimos la revolución desde el amor (bailando tecno o moliendo el pavimento), y quiero creer que ese amor fue una de las cosas que despertó en esa Primavera Chilena y que creía que no había muerto, sólo se había adormilado.
No me refiero sólo al amor romántico, que de seguro tiene una cuota de participación en ese tiempo. Me refiero también al amor por el prójimo, esa cosa que los cristianos cooptaron hace tantos años: el cuidar y velar por el bienestar de tu desconocido de al lado, porque es un humano y es digno de cuidado sólo por existir. Vi gente regalando cosas, pasando implementos de seguridad (nunca se podía estar demasiado seguro que un paco no fuera a dispararte a la cara, sobre todo después del caso de la actual Senadora Fabiola Campillay y del actual Diputado Gustavo Gatica), dando comida y agua. Había otras muestras de solidaridad, como las ollas comunes que se organizaron, y los dispositivos médicos que aparecieron en la Zona Cero (como le llamaron los siúticos a las 3 cuadras de conflicto de esa época); todos fueron noticia, crónica e historia. Las personas en auto que acercaban a otras a un Metro (de los que aún quedaban operativos) sin pedir más a cambio que el agradecimiento y una sonrisa. Las mujeres y los hombres que tomaron tablas, tapas, latas, y se expusieron al chorro del lanzaguas para que otros pudieran protestar. La gente que se sobrexponía física, emocional y vitalmente para pedir derechos. La camionada de abogados que, por amor a la gente y a la justicia, trabajaron días y noches completos para proteger a los detenidos, para denunciar los abusos sexuales, para pedir reparación a quienes le reventaron los ojos. (Como nota al margen, no contaría al ex director del INDH en ese grupo, a Sergio Micco, quien si bien hizo una campaña intensa por el respeto a los derechos humanos, luego se retractó cuando su partido y el gobierno de turno, dicen, le ofrecieron poder y palestra. Las convicciones no se venden, y si se venden, no son convicciones.) El amor, en una forma intensa y diferente, se podía respirar y se notaba en el aire. Las protestas eran grupos de Diferentes todos coreando una sola canción. Y el apogeo de ello fue la Marcha Más Grande de Chile.
El 25 de octubre hubo una explosión de amor por la sociedad. Más de 1 millón de personas en Santiago (y otro tanto en regiones) salió a la calle a protestar, a manifestarse, a ser vistos. Porque, siento, gran parte de lo que pasó en esos días tenía mucho que ver con la visibilidad: ya vendrán los sociólogos (ojalá no venga Alberto Mayol, eso sí) y los antropólogos y los geólogos a explicar razones de los por quéses, pero nadie me quita de la cabeza que fue un momento histórico donde nos sentimos vistos, escuchados, presentes, importantes. Al fin, importábamos. El estar en la calle siempre fue ser un número más en el recuento de Carabineros de asistentes, y siempre íbamos a discutir ese número; ese octubre éramos más que números, éramos una legión. Y una legión que, de repente, movía cosas que parecían inmóviles: los diputados y senadores sesionaban noches casi completas y trabajaban en cosas que nunca antes se habían planteado (como los Retiros o la agenda de Mínimos Comunes), los líderes políticos y partidarios visitaban sus bases, los matinales llevaban expertos políticos y las noticias hablaban de cosas que - a mi al menos - sí me interesaban, más que los portonazos al menos. Eran días gloriosos, alegres. Eran días de amor.
Y, por supuesto, de amor físico. Pero, como esa canción de Charlie Rich, nadie sabe lo que pasa a puertas cerradas.