2

El 18 de octubre de 2019 fue el punto cúlmine de un proceso psicohistórico irreversible: durante décadas, las brechas socioeconómicas de la sociedad chilena, y particularmente la sociedad santiaguina, fueron ampliándose al punto del hartazgo. Y esa semana, si recuerdo bien, el ministro de transportes, telecomunicaciones y otra cosa irrelevante que ponían para darle rimbombancia a ese título, anunció que el pasaje de Transantiago iba a subir $30. Un alza de, digamos, el 5%? No se ve tanto. Para mí no era tanto, que viajaba en Uber y poca micro por esos días. También, no era tanto para mi sueldo. Para mis gastos. Para mi soltería y mi vida sin hijos, privilegiada.

Pero para la gente de a pie que entrevistaban en los matinales, era CALETA. Era MUCHÍSIMO. Porque $30 por pasaje, por entre 6 y 8 pasajes diarios, por 30 días del mes, por integrante del núcleo familiar, podían hacer la diferencia para quedarte corto en el mes. Y era caleta porque llevaba el precio total del pasaje peligrosamente cerca de los $700, que es una locura para los que vivimos en los 2000 y que tenemos adultos mayores a quienes cuidar. O sea, casi mil pesos con una pensión de 200? No tenía ni pies ni cabeza. Mirando para atrás, creo que también cruzaba una barrera mental, psicosocial: pagar un billete de bus con un billete de dinero y no recibir vuelto, duele. Pero así estaban las cosas. En el Oasis de Latinoamérica, todo caro todo hetero todo mal.

Esa semana había tenido taller de escritura autobiográfica, el último que tomaría presencial con Ana como profe. Y era un escenario bien surreal, porque de vuelta iba en Metro con un par de compañeros, y en las calles cerca del metro Santa Isabel se respiraba aire de lacrimógena, coronado con pacos (perdón, carabineros? Policías? No sé cómo tengo que decirles para que las decisiones editoriales de publicación no me cambien las palabras y sea también adecuado para el mundo pro vida pro fascismo pro ultraderecha en el que vivimos) con metralletas en el nivel de mesanina. (Dato aparte: sabía usted, apreciado lector, que el nivel que llamamos "boletería" en el Metro se denomina, de forma técnica, "mesanina"? Vea pues, esto no es sólo una lectura de autoficción autobiográfica, sino también un sitio donde se pueden aprender cosas nuevas :emojidesonrisatierna:). No me acuerdo si había militares también. Para mí era una locura que hubiera fuerzas armadas - y fuertemente armadas - protegiendo una propiedad privada. Porque el Metro es privado, es una Sociedad Anómica. Meses después, esas diferencias tendrían relevancia a la hora de discutir debates legislativos respecto de la protección de infraestructura crítica. Pero me adelanto. Para mí era una locura que hubiera armamento automático, de altísimo calibre, en la vía pública, amedrentando a PENDEJOS ESCOLARES. Porque, si hacemos memoria (tanto memoria histórica como memoria reciente), las manifestaciones, las protestas, los desmanes, el mierdero empezó con estudiantes saltando torniquetes. Evadiendo y resistiendo con la evasión, mientras se organizaban en masa en Instagram y WhatsApp (supongo?) y llegaban en patotas bien grandes a varias estaciones a la vez, a interrumpir el tránsito del tránsito público privado en los túneles que intentan conectar a la gente pobre con sus trabajos en Santiago. Porque, convengamos, eso es el Metro: un conjunto de túneles y trenes que intentan llevar a los trabajadores que viven lejos a sus trabajos cerca de la gente rica, y a los malls y centros de consumo, todo eso disfrazado de "mejoras de calidad de vida".

Pero de nuevo, me desvío.

Escolares de un lado, fuerza de orden público por el otro. Piedra contra la bala. Como Tata Barahona cantara y escribiera, y muchos descubriéramos después. Una contienda tan común como desigual, que terminaba siempre como siempre terminaba: infancias y adolescencias sangrantes, apaleadas, detenidas; uno que otro suboficial algo golpeado; peatones y transeúntes ahogados; todo como siempre había sido y sería hasta esos días. Pero una noticia cambió todo: el miércoles 16, si no me falla la memoria (o quizás el martes 15?), una joven adolescente escolar fue atacada y alcanzada con balines de goma, y la imagen de su pierna ensangrentada sobre el andén de la Estación Central no solo inundó las noticias y programas sensacionalistas, sino también sería un oscuro presagio de lo que vendría despues. Pero me adelanto. Me he adelantado y desviado harto en este relato! Supongo que es mi cerebro tratando de hacer memoria y llenando los blancos. No te pasa también, querido querida queride lector? No me dejen solo en esta mierda.

La clara perturbación del orden público llevó a las autoridades locales a pedir apoyo al gobierno central, quienes no dudaron en sostener el legado de su participación en la dictadura de Pinochet en buena estima y desplegaron cuanto uniformado pudieron. Sólo la PDI se salvó: marinos en las costas (imágenes de infantes de marina jugando con pelotas inflables en las playas y calles de Viña vendrían días después), FACh en los pueblos, policía uniformada aplicándose Mentolátum en callejones... Como había de dónde elegir, los gobernantes no titubearon y eligieron todo. Con todo, si no pa qué. Y esa ocupación del espacio público en un territorio políticamente neutral, hasta ese momento, me daba la impresión de una atmósfera profundamente hostil. No sólo era una presencia de tensión e incomodidad, era también una contraprovocación: si evades tu pasaje no te van a dar lumazos, te van a dar culatazos. Y después a llorarle a la Policía Militar, lo que nunca suena divertido. O quizàs sí, si tienes el estado físico para arrancar de la yuta y dejarlos botados atrás.

Nunca me gustaron las fuerzas armadas ni de orden. Nunca soñé con ser policía; lo más cercano fue querer ser OPP (la sigla para Oficial Policial Profesional), un civil técnico y experto en alguna materia que trabajaba en esa materia para la PDI. Yo pensaba en usar mi conocimiento en tecnología para atrapar chicos malos (mucho antes de tener los estándares morales que tengo ahora). Me parecían entretenidos los aviones, pero no podía lidiar con la idea del servicio militar. Menos con ser un oficial de carrera, me creía demasiado inteligente y autónomo como para recibir órdenes de por vida. Porque la esclavitud corporativa es profundamente distinta... Dicho todo esto, y retomando el hilo del relato, puedo decir que nunca me gustó la idea de una institución fuera de la sociedad - porque los uniformados son una categoría distinta de personas, quienes dedican su vida al país y se rigen por reglas distintas. Aún cuando siempre quise capitalizar en mi experiencia como distinto, no era la vía que soñaba.

Quizás ser un sermonero que relata sus vivencias con poco filtro y poca rigurosidad historiográfica y mucha intimidad y verdad individual, quizás eso está más cerca del distinto que soñaba ser.

Entrar al Metro esa noche de jueves, con la noche cargada de odio y rabia, y ver milicos, o policías o gente de uniforme, en definitiva, tomados de sus submetrallas tipo Uzi, fue una imagen que no sé si pueda olvidar. Y, francamente, tampoco sé si quiero hacerlo. Trajes oscuros, armas listas, dedos en el gatillo. Todo lo que las fotos de la época dictatorial registraban, pero 30 años después. No sé si quiero olvidarme de eso, la verdad. Pero no por el temor, no por el miedo que las caras bajo una balaclava podían infundirme. No, es algo más enredado y más brutal: no lo quiero olvidar por el gozoso misterio de la sensación que me provoca el recuerdo, la sensación de la revolución que está llegando. Porque, años después, creo que eso puedo asegurar con certeza, que la revolución estaba llegando.