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A las cuatro de la mañana, mi celular vibró. Vibró una vez, y luego dos y luego tres: medio dormido entendí que mi celular estaba sonando, que me estaban llamando, que no era un mensaje en whatsApp o algo así que pudiera ignorar. Y lo respondí, así medio dormido, y una voz un poco urgente y muy asustada, me dijo:

"Acaban de declarar toque de queda, y no estas en la casa. Porfa apúrate antes de que te agarren en la calle."

La voz del otro lado del teléfono era de mi mamá, con quien vivía después de unos meses turbulentos y familiarmente dolientes. No lo comprendía en ese momento, pero con el tiempo llegaría a entender de dónde venía su temor, y que tenía razón al alterarse. Yo figuraba en pelota, en la cama de la chica con la que salía en esos días, un par de horas de haber llegado del cumpleaños más cool al que había ido hasta entonces, y del puro susto infundido e imperativo maternal - y sin pensarlo tampoco - me empecé a vestir. "En serio? Te vas ahora? Pasó algo? Estás bien?" Nunca le agradecí a mi pareja, a esa pareja, su preocupación y su cuidado, su cariño y su compañía en esos días terribles y hermosos. De seguro ella tampoco entendía muy bien la urgencia que tenía - no era chilena y poco hablábamos de política en esa época - pero creo que sí entendió mi tono. Un tono raro, ahora que lo pienso: el mundo parecía darse vuelta a nuestro alrededor, estando todo de cabeza (quién pensaría en su sano juicio que el año 2019 podría haber un toque de queda?), y yo sonreía, como si todo hubiera sido divertido y alegre.

No me acuerdo de muchos detalles de cómo llegué a mi casa. Sé que me fui en Uber. Sé que era noche cerrada (eran las 4 am, tenía todo el sentido). Sé que llegué y abrí la puerta y todas dormían. Sé que el aire de la noche se cortaba con un cuchillo. Y sé que al día siguiente pasó algo que nunca esperé que pasara.