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El 15 de noviembre, estuve pegado a la tele por mucho rato. Lo que para mi era problemático porque no tenía una tele como electrodoméstico y tuve que buscar en internet cómo mirar las noticias en línea, en un momento donde el streaming no era tan masivo ni era tan común. Como el hoyo, pero lo logré. A las... No me acuerdo, realmente, qué hora era. Me acuerdo que era madrugada, que estaba acostado aferrado al cobertor, que miraba la pantalla de la compu, que fumaba como chimenea, que rogaba a los poderes inmateriales (porque ya era agnóstico en esa época) que saliera algo bueno de esa reunión a puertas cerradas con todos los líderes políticos que el poder legislativo pudo congregar. Esa reunión, que marcó el destino político del país hasta hoy, y probablemente mucho más allá. Esa reunión, donde hubo egos rotos y memes para festinar. Esa reunión que emanó el documento más rimbombante jamás emanado en la historia de nuestra joven nación: el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución.

Hay pocos momentos en la historia política que recuerdo que han tenido efectos tan cataclísmicos como ese evento canónico. Cataclísmicos porque no sólo reordenó el tablero político de la época (como múltiples capítulos de podcasts de hombres blancos privilegiados repitieron, como La Cosa Nostra o el Comando Jungla), sino también porque levantó gente y hundió otra: es difícil para mi pensar en el casi ex presidente Boric como una carta presidencial viable de la izquierda si es que no iba y firmaba ese acuerdo solo. Porque el Merluzo fue solo, con toda la perso y la audacia de un hombre blanco cisgénero heterosexual, y puso su nulo capital político, y se puso en contra de la decisión del partido que fundó, y dijo "yo soy el Alfa y el Omega. Este acuerdo se debe firmar". Y lo firmó. Por el otro lado, Jacqueline Van Rysselberghe cayó y cayó fuerte, llegando a un (según Wikipedia) histórico 6% de aprobación. Como no vivo en el distrito donde ella es/era representante, no sé realmente si cayó en desgracia política, pero sé que con el Acuerdo, con su participación, con su meme, en las noticias nacionales empezó a fundirse con el fondo, de a poco, lento y seguro. Una búsqueda rápida y superficial por internet dice que, luego de este evento, perdió su asiento como vicepresidenta de la UDI, dejó de ser senadora, y, cito, dejó el ejecicio público "(...) retornando al ejercicio de la psiquiatría en (...) Concepción". Para una persona que protagonizó numerosas polémicas, que estuvo en el ojo público por buena parte de este milenio, volver a hacer lo que estudiaste pero no te gustaba realmente debe haber sido un real madrazo. Personalmente, creo se lo merece (tengo cero amor por los representantes de derecha); creo que perder contra el nefasto de Javier Macaya hace necesaria una revisión profunda de tus prioridades y cómo el mundo te percibe. Aún cuando sea el mundo facho y sobre-privilegiado en el que te mueves.

Hoy, años después de esa madrugada y de los memes, es fácil plantear un ánimo revisionista respecto de la cadena de eventos que acaecieron (Nota del Autor: mira, hasta escribiendo puedo sonar arrogante 😁), de las consecuencias y nuevas instancias que fueron ocurriendo, que nos llevaron al punto fascistoide en el que estamos. Porque, convengamos, si estás leyendo este libro y algo te ha resonado hasta ahora, entiendo que ambos/as/es/xs compartimos el diagnóstico del avance del fascismo y las ideologías destructivas de los últimos años. Pero me desvío. Hoy, cuando sea que leas esto, siempre vas y vamos a tener la ventaja y el beneficio de la visión 20/20 respecto del pasado. Podemos convenir que ese evento nos llevó a tener a Gabriel Boric como el primer presidente en 100 años que se convierte en papá en su ejercicio del cargo; ese evento nos llevó a tener dos plebiscitos, diametralmente opuestos, que aportaran a la visión antidemocrática de que estamos "teniendo demasiadas elecciones"; ese evento aportó a levantar y rejuvenecer la carrera política de José Antonio Kast, y permitió que figuras nefastas como Johannes Kaiser y Rojo Edwards se presentaran como alternativas políticamente válidas en la sociedad chilena; nos llevó a pensar en Izquia Siches como una figura política y levantó la candidatura de Jeanette Jara a la presidencia; nos llevó a repensar una figura hasta ese momento bastante meh, como Sebastián Piñera, y polarizó su presentación ante la sociedad: se transformó en una línea divisora, y en un caudillo en sí mismo; podría arguir que incluso eventos tan lejanos, como el ascenso de Javier Milei en Argentina, o la turbulencia política en Perú y Ecuador, se vieron influidos por nuestro estallido social y su resolución democrática. Porque, por mucho que no me guste, la resolución fue profundamente democrática: tres plebiscitos, nuevos partidos políticos, todo siempre en el espectro de la democracia. Algo que partió como un terremoto social, la clase política (con "clase" en el sentido más estrictamente marxista, de dialéctica materialista y en clave de lucha de clases) logró enrutarlo como una proposición política y se apropió de las consecuencias - mas nunca de las causas. Hace poco escuchaba a una candidata presidencial hablar de aquello, y planteaba que "las causas del estallido social siguen siendo plenamente vigentes": la gente gana poco, gasta mucho para sobrevivir, y no puede sostenerse en el sistema socioeconómico en el que existe. Todo eso, gracias a esa firma de madrugada noviembrera.

No digo, ni voy a decir, creo, que el camino que nos trajo hasta aquí ha sido de mi agrado. En absoluto. Pero sí quiero reconocer, a viva voz en la plaza pública y perpetua que es la tinta impresa, que esa noche estaba alegre. Feliz, incluso. Después de semanas de incertidumbre, de días negros y de amaneceres rojos (completos con referencias al Señor de los Anillos), parecía que alguien había escuchado. Que gritar en la calle podía servir, sistemática e institucionalmente, de algo. Esa noche dormí poco, y lo que dormí, fue tranquilo y feliz por lo que había/mos logrado.

Que hubiera un plebiscito constitucional nos llevó, a quienes estábamos en el lado de los demandantes, a repensar la forma en la que estábamos protestando. Logramos, con más o menos éxito individual, racionalizar la demanda: lo que pedíamos era justo pero estaba bloqueado por el modelo, y la Constitución avalaba, permitía y empujaba ese modelo a la sociedad. Entonces, caía de cajón que había que cambiar la Constitución para poder cambiar el mundo. Como diría Aaron Burr en Hamilton, "la constitución es un desastre", y nosotros responderíamos "entonces, necesitamos enmendarla". Ahora que lo pienso, nos comimos, tragamos y digerimos toda la publicidad política de la izquierda (reaccionaria y no), y creímos entender algo cuando la idea estuvo siempre planteada por gentes con intereses diferentes a los nuestros. No creo que haya sido siempre el plan que todo "quedara en nada", como muchas personas parecieran pensar y expresan en sus redes sociales. En parte, porque no creo que todo quedara en nada: logramos mover el compás político, logramos legitimar ideas que parecían enterradas bajo la Ley Maldita, y por un breve y hermoso momento, pudimos ver como sociedad que somos oprimidos por todas las instituciones que nos preceden, desde los pacos hasta el Senado. Pero también tuvimos que reordenar nuestras prioridades; si queríamos mejores pensiones, teníamos que cambiar la Constitución; si queríamos mejores condiciones laborales, teníamos que cambiar la Constitución. Chucha, si queríamos culiar tranquilos, parecía que teníamos que cambiar la Constitución. En esa línea, le mando un muy tibio saludo a Giorgio Jackson, a Pelao Vade y a la Lista del Pueblo, quienes capitalizaron ese movimiento y lograron hacerlo respecto de ellos.

Esa noche me acosté alegre, porque habíamos logrado algo. Hoy, muchas noches después, me pregunto si podríamos haber hecho más. Porque sé que lo que logramos, no fue suficiente.