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Los días que siguieron al 18 de octubre fueron súper intensos. Fue en esa intensidad que aparecieron rituales que nos ayudarían a sostener esa intensidad. Y uno de los más hermosos, que sentí nos unió más, fueron los cacerolazos.

Todos los que vivimos esa época creo que recordamos el sonido. Abrir la ventana a la calle a eso de las 9 de la noche, ya vivieras en casa o en departamento (donde, para mí, era más impactante por el volumen puro que tomaban), era un acto acústicamente sobrecogedor. En esa época vivía en el centro de Santiago, y me sorprendía y emocionaba cada noche escuchar tanto ruido de metal en el aire. Nunca conocí a mis vecinos, pero estadísticamente hablando puedo presumir que había una cierta paridad entre extranjeros y autóctonos, con un sesgo hacia (en ese momento) la izquierda política. Daba lo mismo: sentía que estábamos todos en la misma, unidos contra un enemigo invisible y enorme, que no sólo eran los milicos desplegados en la calle, sino también la Mano de Adams.

Como en todo movimiento sociocultural, la sociedad, nuestra sociedad, estaba dividida en varios grupos, algunos mutuamente excluyentes. No me hacía nada de ruido que mis amigos de esa época, quienes crecieron en casas mayormente de derecha, tuvieran ruidos cognitivos y contradicciones respecto de las manifestaciones (manifestaciones desde los cacerolazos hasta el que baila pasa). Era natural que, en los círculos más zurdosos, tuviéramos discusiones respecto de lo que era importante y del orden de resolución de las demandas que veíamos, entendíamos y con las que nos identificábamos. Recuerdo muy claramente estar en una concentración en Plaza Ñuñoa con un amigo, y hablar y discutir del factor ecológico, del Acuerdo de París y de cómo Chile tenía que moverse hacia una economía verde. Para el registro, mi postura no ha cambiado tanto: nunca he sido una persona particularmente verde y conciente del medioambiente, y por tanto, me daba más o menos lo mismo; hay gente más inteligente y más motivada que yo preocupándose de esas cosas. Mientras la haya, y yo pueda enfocarme en otros temas, todo bien. Si la deja de haber (como parece que es costumbre del empresariado ir desapareciendo acitvistas climáticos), el escenario cambia. Me acuerdo de discutir con personas de cosas súper estúpidas, muy propias de los extremoizquierdos: qué tan de izquierda eres y por qué eres menos de izquierda que yo. Me acerqué, en esos días, a un movimiento político más o menos incipiente, que tenía - y me atrevo a decir que aún tiene - esta cosa trotskista terrible de pelearnos por diferencias mínimas y estúpidas. Y compartíamos todas, todos y todes la misma evaluación base: todo está hecho mierda y todo tiene que cambiar. La weá es cómo lo hacemos cambiar para que quede bien. No mejor que ahora, sino que bien.

Obvio que nunca llegamos a un acuerdo, que nos peleamos y el grupo se separó en muchas partes inocuas. Pero me desvío.

Una de las historias que más atesoro, y un momento inesperado que me unió a personas con las que no esperaba coincidir, fue una noche de charla con uno de mis mejores amigos. Y quiero contarte la historia, porque (1) creo que merece ser recordada, (2) creo que merece ser atesorada, y (3) estoy seguro que a tí, querida/o/e lector, te habrá pasado algo parecido, que debe estar enterrado entre tus recuerdos. Y merece un mejor sitial en tu corazón.

(Por supuesto que no me atrevería a decirte qué hacer o qué no. Es sólo que me emociona la idea de que podamos coincidir y conversar, incluso a través de las páginas, tanto tiempo después, tan asíncronos, y a la vez tan real, tan reales.)

Un poco de contexto. Mi amigo, de quien no revelaré su nombre porque no le pregunté si quiere ser parte de mi libro, es de derecha liberal. Eso quiere decir que cree que el mercado se regula solo (y no cree en la astrología, lo que me parece divertido; ambas son ideas que me parecen el mismo nivel de cuento de hadas), y cree que el humano tiene valores distintos, individuales y todos dignos y respetables. No está en contra del aborto - aunque no creo que esté activamente a favor -, ni de la pena de muerte; le preocupan más las consecuencias económicas de las macrodecisiones políticas. Como buen millennial criado postdictadura, tiene como un dogma vital la eficiencia económica y financiera de las decisiones. Así es que el problema de la inmigración tiene aristas de seguridad y de cultura, pero también de empleo y de organización institucional. Conversar con él de política siempre ha sido un placer, porque es un ser TREMENDAMENTE racional; tanto es así, que es capaz de recular sobre sus ideas y luego integrar posiciones que inicialmente no había considerado. A diferencia de muchos fachos que conozco, es un facho pensante. A diferencia de muchos fachos que conocimos y con los que interactuamos, es capaz de sopesar un argumento y tomar una decisión racional. Hermoso.

Para mí era muy evidente que él y su pareja, quien luego se convertiría en su esposa, estaban en contra de la consecución de demandas sociales, porque eran gasto, y gasto enorme, que todos asumiríamos con nuestro IVA y nuestros impuestos. Cómo podría ser razonable que le pagáramos pensiones y jubilaciones dignas a quien no lo merece? A quien no trabajó nunca? A quien sólo fue una carga para los suyos, sin tener la necesidad de serlo? Me parecía ilógico que una persona tan económicamente racional estuviera, digamos, "con nosotros". Y me hizo sentir muy alegre estar equivocado.

Una tarde, charlando con él y su pareja, tocamos el inevitable en ese momento tema del Estallido. Y luego de la primera parte que siempre iba en esas conversaciones ("los pacos y la weá", "qué interesante que todo naciera orgánicamente", "oye y la queso"), les conté que todos los días me paraba en mi balcón a escuchar cacerolazos y pegarle a mis ollas. Y me respondió "nosotros también".

Nosotros también. No sólo estaba presenciando el evento, también formaba parte activa de él.

Qué alegría más grande es el coincidir. Creo que es parte de la naturaleza gregaria, social, de los humanos y las humanas, el querer conectar. Mal que mal, por eso es que estoy escribiendo esto ahora, y por eso imagino que estás leyendo esto, cuando lo estés leyendo (que es ahora en un sentido estricto, pero es un "ahora" distinto de mi "ahora" porque ocurren en momentos diferentes dentro de la linealidad del tiempo, si es que consideramos que el tiempo puede ser y es lineal), porque buscas conectar con una idea, y por tanto con una persona, a la distancia geográfica y temporal. Y el coincidir nos configura en grupos, y los grupos en comunidades, y las comunidades en sociedad. No me importa lo que digan Weber, Comte o Focault; la sociedad es, para mí, una gran macro y meta comunidad de grupos disímiles que se entretejen a través del tiempo y la tierra.

Coincidir es lo que primero nos permite asegurar la supervivencia cultural: si no tenemos valores en común, ya sean contextuales o perennes, no podemos desarrollar un entendimiento cultural común, y por tanto estamos inevitablemente destinados a segregarnos, a excluirnos. Coincidir es, también, la mecánica base de la atracción: ya sea en un plano romántico, platónico, ideológico o intelectual, nos atraen las personas que entienden el mundo más o menos como nosotros, y nos acercamos a ellas basándonos en esta atracción y, a veces, la esperanza de algo más. Algo más como aprender, o como poseer, o como amar. Algo más, al fin. Y coincidir es la sensación que nos lleva a la compañía. A eso que nos impulsa a compartir, a cocrear, a coexistir. Coincidir es la línea directa, una de las líneas directas, hacia la vida con la alteridad. A conocernos y reconocernos en una otredad. A, creo, vivir mejor.

Nosotros también. Con esa frase, este ser me permitió vivir más alegre. Vivir mejor.