Hubo varias convocatorias populares en Ñuñoa, que es la comuna donde vivía en esa época. (Ustedes no pueden verme la cara, pero que yo viva en Ñuñoa es casi un imperativo biológico. Por ahora, les pido me crean :-). Los días y semanas de octubre, después del Viernes de Fuego (alto nombre liberé para el 18O), esas convocatorias eran muy disonantes de lo que pasaba en el Centro: mientras en Plaza Dignidad había barricadas, GOPE y gases nocivos para la salud,en Ñuñoa había fiestas de tecno subversivo y resistencia bailada. La idea, el concepto, aún me joden: resistencia en el baile. Como si poner música fuerte en un espacio público y molestar a los vecinos fuera un acto de rebeldía.
Hasta este día, peleo con mi conciencia y con mis valores políticos, cuando pienso en esas gentes. Pienso tantas cosas contradictorias, que no sé realmente cómo gestionarlo. Creo que esta parte se llama "procesando emociones a través de la escritura" (porque me niego firmemente a decirle journaling, como el siútico que reniego ser pero en el fondo no tan fondo sé que soy). Y de una u otra forma te estoy atrastrando a ti, querido lector y querida lectora y queride lectore, a este ejercicio de memoria emotiva y resignificación histórica. Pero dime, conversemos en tu mente: es realmente este un ejercicio malo? Doloroso, incluso? Y, por otro lado: podrías decir que has procesado todo lo que tenías que procesar y todo lo que había por procesar, de este proceso histórico y profundamente personal? Yo sé que mi respuesta a ambas preguntas es un sonoro y definitivo "no". Cada día que pasa, cada recuerdo político que tengo y cada pensamiento sociocultural que entretengo, me hacen descubrir y redescubrir mi sentir respecto de esta época. Y de la que vivimos, en total y como un holón, en partes y en cada parte y en el todo.
También es cierto que han ✨pasado cositas✨ en los últimos tiempos. Es ahora casi indiscutible que el mundo completo, COMPLETO, giró hacia la derecha y luego se pasó tres pueblos para llegar al fascismo y al autoritarismo. Me parece, al menos, profundamente claro que el pueblo chileno, en un promedio al menos, se desentendió de las demandas que había planteado y volvimos a esa frase UDI-popular nefasta, "no importa quién gobierne porque mañana igual hay que salir a trabajar". Con eso en mente, es difícil, creo que es difícil evaluar con justicia y certeza el tiempo triste que vivimos en octubre y después del 2019. La memoria reciente está demasiado fresca y es demasiado dolorosa como para desestimarla. Y creo que eso es verdad en todo proceso de memoria histórica: desde estupideces tan grandes como el diseño de encuestas de satisfacción usuaria, hasta (me imagino, en la ignorancia y la audacia hombreblanca) la recomposición y reconocimiento de verdades historiográficas, el presente tiñe la visión del pasado. Lo curioso es que, hoy en día, siento que a veces deja de ser verdad el que todo tiempo pasado fue mejor.
Tuve una época en mi vida donde fui particularmente resentido, en términos de mi existencia social y socioeconómica. Envidiaba y me enrrabiaba mucho. Envidiaba las oportunidades materializadas de personas que, a mi muy mal juicio, no se las merecían - por qué alguien se merecería esas oportunidades más que yo? Yo, que no he hecho particularmente esfuerzos para merecerlas, pero soy yo así que por eso me las merezco. Obvio y evidente, no?. Envidiaba que hubiera gente que salía de vacaciones a Europa mientras yo no. Envidiaba la gente que hacía surf despreocupados, porque yo no. Envidiaba, porque yo no. Yo no: la negación y renegación de mi realidad se convirtió en una constante en mi diario vivir, y en esa actitud está bien difícil poder tener una gota, que sea, de la tranquilidad necesaria para poder identificar con claridad lo que sentía. Hoy pienso y proceso esos procesos como parte de mi viaje de crecimiento y de descubrimiento del mundo, ese mundo que muchos decimos no nos gusta pero es lo que tenemos. Y eso me pone triste: si no nos gusta lo que tenemos, por qué no hacemos algo al respecto? Y claro, el privilegio de hombre blanco de creer que lo que nos proponemos tiene que convertirse en una realidad permea todos los aspectos de la vida. De mi vida.
Pero no es cierto: no todo lo que me propongo debe convertirse en una realidad. Y, a veces, por razones prácticas: si fuera así, esas gentes cuicas y cuicas-adyacentes que bailaban tecno oscuro mientras tenían las cosas claras, no habrían estado. Probablemente, no habrían salido de su casa. Y en ese momento no lo veía, pero hoy entiendo que el opuesto al autoritarismo no es el izquierdismo, no al menos per se, sino que el opuesto es la comunidad. Generar comunidad y tender puentes es una de las grandes cosas que nos permite articular luchas significativas. Como la lucha contra el autoritarismo.
Hay gente que plantea que el camino de la tristeza lleva a la rabia. Si bien no discrepo totalmente, sí creo que no es la única vía: esas tardes, parando el tránsido y escondiéndonos de los pacos en Irarrázaval, fue la rabia la que me llevó a la tristeza. La rabia de tener una visión tan distinta, a la tristeza por tener una visión tan distinta. Porque por supuesto que no todos podemos estar siempre de acuerdo, pero qué nos costaba estar un poco alineados en cómo enfrentarnos al sistema? Aún cuando el tiempo le diera la razón al Merluzo, en ese momento no sabíamos nada, no sabíamos más, no sabíamos mejor. Qué pena que, todo dicho y todo considerado, no supiéramos mejor.